lunes, 22 de junio de 2015

EL PEREGRINO RUSO

Anónimo





Mi historia con  el “Peregrino Ruso” tiene  casi 25 años. Y  no  está exenta de  recovecos. La primera  vez que  lo vi me  hallaba  en un polvoriento local de venta  de  libros  usados, me  acerqué a la  sección “religión” y entre  varios otros  títulos, me  encontré con “Strannik: el Peregrino Ruso”, según Editorial de  Espiritualidad, autor  anónimo, sexta edición, año de 1984, en excelentes condiciones. Lo  que  más  me  llamó la  atención fue  el contenido que, apenas una  ojeada, parecía tratarse de  la  Iglesia Ortodoxa Rusa, de  la  que  no tenía  mucho conocimiento.

Cuando llevé  al vendedor  el lote  seleccionado resultó que  no me  alcanzaba  el dinero así que  dejé  uno aparte, “El peregrino Ruso”. Recuerdo claramente  que  le  pedí  al tendero que  lo apartara  porque  pronto  vendría  a  buscarlo. Me  señaló  una  repisa y dejándolo muy arriba  me  aseguró que  allí estaría hasta  mi vuelta. Por  esas cosas  de  la vida no logré volver  a dicho local hasta dos  años  después  y cuál no fue mi sorpresa al comprobar que  justo donde lo habían dejado, allí  mismo estaba el ejemplar,  esperándome. Obviamente  lo llevé.
            
            Pero “el Peregrino Ruso” se  quedó mudo por  otro par de  años  en mi biblioteca. La  universidad  me  impedía  dedicarme  a  otra  lectura, y si hallaba algún espacio para  temas  religiosos,  lo ocupaban  autores como Guardini, Newman, Grün e incluso  el  primer  Boff.  Sin embargo, por  alguna  razón, el Espíritu Santo no me  llevó  a  las  páginas  del Peregrino hasta  que  mi corazón   estuvo   listo. En efecto,  una  noche  de  insomnio, cuando algunas  penas  roían mi alma, y  el cansancio,  inesperado amigo del diablo, me  tenían  en un estado al borde de la  depresión, mi mano,  por equivocación, tomó  el  inesperado volumen. Ya  el inicio del capítulo primero,  me  invitó  a  proseguir  la  lectura:

“Por  gracia de  Dios soy cristiano; por  mis  acciones,  un gran pecador,  y por  oficio,  un humilde  peregrino sin domicilio, perpetuamente errante. Mis bienes  son una  alforja sobre la espalda con un poco de  pan seco  y una  Biblia que  llevo  en mi sayal, junto al pecho. Eso es  todo”.

            El texto fue mi compañero aquel año y créanme que sus  enseñanzas  me  permitieron caminar con Nuestro Señor  en la ruta de  la  vida  y   la  alegría.
           
            ¿De  qué  trata “El Peregrino Ruso”?  Sencillamente es  un manual de  oración, narrado  como  el diario personal de un cristiano empeñado en cumplir la  recomendación de  san Pablo: “Orad sin cesar” ( 1  tes. 5,17). Este libro nos  presenta la  técnica del “hesicasmo”, propio del  Oriente  cristiano donde  se  une  la disposición física a  través de  la  respiración a  la  repetición   de  una  sola  oración: El Nombre de  Jesús: “Señor Jesús, Hijo  de  Dios, ten piedad  de  mí”.
          En su viaje,  nuestro Peregrino enfrenta una  serie de  situaciones  que  gracias  a  su humildad y la oración logra  sobrellevar: Cuando  es  asaltado por  dos  soldados, entabla luego amistad  con  el oficial a  cargo, quien le  cuenta  cómo  el evangelio lo sanó  de  su alcoholismo;  la  joven que  huye de  su casa porque  quieren  obligarla  a  contraer  matrimonio; los  librepensadores  de un bar que menosprecian  la  oración; los  aldeanos que  lo consideran como santo milagrero; el grupo  de  staretz donde  encuentra  a  su querido maestro;  el monasterio donde participa  de  una  conversación multidisciplinar acerca de  la  oración; esto, y mucho más, nuestro peregrino nos  lo cuenta con la candidez propia  de  quien vive  sin malicia  la  aventura  de  su fe.
            
               Además de  su Biblia, el peregrino se  hace  acompañar  por  la  “Filocalía”, que  es  el conjunto de  enseñanzas  de  25 santos  padres, acerca  de  la  oración del Nombre  de  Jesús.  El staretz (maestro) le dice sobre  este  libro:

“…explica con sencillez los  grandes misterios encerrados  en la  Biblia, incomprensibles  para  nuestro espíritu miope. El sol  es grande y más  brillante  que  las  demás  cosas, pero no puedes  contemplarlo sin tener  protegidos  los  ojos; tienes  que  valerte  de  un trocito de  vidrio  [ahumado]  que es  millones de  veces  más  pequeño  y oscuro que  el sol. Y mediante  ese  cristal tú puedes  contemplar  el astro grandioso y soportar  sus  rayos  cegadores. La  Sagrada  Escritura  es  un sol deslumbrante, y  este  libro, la Filocalía, es el trocito de  cristal que  nos  permite contemplar el astro divino”.   

 
            El mismo "Peregrino Ruso" nos  sirve  de  introducción a  la  Filocalía,  pues  transcribe  largos trozos  de  los  diferentes  comentarios  de  los  santos  padres. Es  inevitable  que  despierte  en nosotros  el deseo que  conocer   completo este otro texto  que  se  nos  presenta  como bello  y  pertinente  para  nuestra  vida  espiritual.

Acerca de  esta  oración, la  del Nombre de  Jesús,  nos  dice  el Catecismo  de  la  Iglesia  católica:

2666 Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: JESÚS. El nombre divino es inefable para los labios humanos (cf Ex 3, 14; 33, 19-23), pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: “Jesús”, “YHVH salva” (cf Mt 1, 21). El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él (cf Rm10, 13; Hch 2, 21; 3, 15-16; Ga 2, 20).

2667 Esta invocación de fe bien sencilla ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo formas diversas en Oriente y en Occidente. La formulación más habitual, transmitida por los espirituales del Sinaí, de Siria y del Monte Athos es la invocación: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores” Conjuga el himno cristológico de Flp 2, 6-11 con la petición del publicano y del mendigo ciego (cf Lc 18,13; Mc 10, 46-52). Mediante ella, el corazón está acorde con la miseria de los hombres y con la misericordia de su Salvador.

2668 La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en “palabrerías” (Mt 6, 7), sino que “conserva la Palabra y fructifica con perseverancia” (cf Lc 8, 15). Es posible “en todo tiempo” porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.


Se trata de un texto altamente recomendable en el que esperamos puedan hallar  paz y alegría.


Puedes  descargar estos  textos como prelectura en el tema  “Espiritualidad  y Edificación” de este  mismo blog o descargar desde aquí

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